El olfato y el gusto en la alimentación infantil: por qué el olor importa tanto
- Natalia Garza

- hace 1 día
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En la selectividad alimentaria solemos enfocarnos en la textura;si algo es blando, crujiente, pastoso o mixto. Sin embargo, en muchos casos el rechazo comienza antes de que el alimento llegue a la boca, con el olor.
Antes de probar, antes de tocar, incluso antes de sentarse a la mesa, el sistema nervioso ya recibió información. Y esa información puede ser suficiente para que el cuerpo se active o se retire. Cuando entendemos esto, la escena cambia por completo.
La alimentación como experiencia sensorial completa
Desde la integración sensorial, comer implica la participación simultánea de múltiples sistemas:
Olfato
Gusto
Tacto oral
Propiocepción (movimientos de mandíbula y lengua)
Sistema vestibular y control postural
El cerebro no procesa estos estímulos por separado. Los integra en una sola experiencia.
Si uno de esos sistemas percibe demasiada intensidad, la experiencia global puede volverse difícil.
Por eso un niño puede tolerar cierta textura, pero no el alimento en sí. Puede aceptar una papa fría, pero no recién cocinada. Puede tolerar un alimento mezclado en una preparación, pero no cuando está solo en el plato. Porque el olor modifica la experiencia completa.
El sistema olfativo y su impacto en la sensación de seguridad

Cuando hablamos de selectividad alimentaria, considerar el olfato en la alimentación infantil permite entender por qué ciertos alimentos generan rechazo incluso antes de ser probados.
El sistema olfativo tiene una conexión directa con estructuras cerebrales relacionadas con memoria y activación emocional. Esto hace que la respuesta sea rápida y poco reflexiva.
En la práctica cotidiana esto se traduce en:
Rechazo inmediato sin contacto oral.
Mayor dificultad con alimentos calientes que desprenden más aroma.
Incomodidad al entrar a la cocina cuando algo se está preparando.
Preferencia por alimentos fríos o de olor neutro.
Algunos niños tienen un umbral olfativo más bajo. Perciben los olores con mayor intensidad y menor margen de adaptación. Lo que para un adulto es un aroma suave, para ellos puede sentirse invasivo.
No se trata solo de un “no me gusta”, pero sí de cómo el sistema está registrando la intensidad del estímulo.
El gusto como experiencia integrada
El gusto rara vez actúa solo, gran parte del sabor depende del olfato. Cuando un niño presenta un repertorio limitado, muchas veces está buscando experiencias sensoriales que su sistema ya conoce y puede procesar sin esfuerzo.
Esto explica por qué:
Prefieren siempre la misma marca.
Aceptan una preparación específica pero no otra versión del mismo alimento.
Detectan cambios mínimos que para el adulto pasan desapercibidos.
El sistema nervioso busca predictibilidad, ya que la repetición aporta estabilidad.
Cuando el entorno sensorial es estable, el sistema puede relajarse y cuando es variable e intenso, puede cerrarse.
Procesamiento sensorial y respuesta adaptativa en la alimentación
Podemos observar el proceso de forma sencilla:
El olor es detectado.
El cerebro lo organiza e interpreta.
Se genera una respuesta corporal y conductual.
Si el sistema logra modular la intensidad, puede producirse una respuesta adaptativa: explorar, tolerar, probar.
Si la intensidad supera la capacidad de modulación, la respuesta puede ser:
retirada, náusea, arcadas o rechazo inmediato.
Tomando esto en cuenta, el apoyo que brindaremos no busca forzar la respuesta final, sino ampliar la capacidad del sistema nervioso para procesar el estímulo sin saturarse.
Indicadores de influencia olfativa en la selectividad alimentaria
En la práctica clínica y en casa, algunos patrones orientan hacia un componente olfativo predominante:
Rechazo antes de probar.
Dificultad mayor con alimentos recién cocinados.
Preferencia por alimentos empaquetados.
Sensibilidad a ciertos olores ambientales.
Mejora cuando el alimento está frío o mezclado con otros aromas familiares.
Estos detalles permiten ajustar estrategias de manera más precisa.
Estrategias para ampliar tolerancia olfativa desde casa
La clave está en la exposición gradual y en separar inicialmente el estímulo del momento de comer.
Trabajo olfativo fuera del contexto de comida
Juegos de identificación de aromas suaves.
Especias en frascos cerrados con intensidad controlada.
Actividades sensoriales con elementos naturales aromáticos.
Cuando el sistema explora olores sin la presión de ingerir, aumenta su capacidad de discriminación y modulación.
Regulación del entorno sensorial
Ventilar la cocina durante la preparación.
Introducir pequeñas cantidades del alimento nuevo.
Permitir que lo observe y se acerque de forma progresiva.
Evitar saturación de múltiples olores intensos al mismo tiempo.
Reducir carga facilita organización.
Jerarquía de exposición gradual
En lugar de avanzar directamente hacia “probar”, puede construirse una secuencia:
Mirar → Permanecer cerca → Oler brevemente → Tocar → Manipular → Acercar a la boca → Microdegustación (probaditas pequeñas).
Cada paso exitoso amplía la capacidad adaptativa.
Integrar el olfato dentro de la intervención global en alimentación infantil
Como hemos mencionado anteriormente, la selectividad alimentaria no depende de un solo sistema, es el resultado de cómo el sistema nervioso integra múltiples estímulos al mismo tiempo. Cuando el sistema nervioso logra modular mejor la información sensorial, la exploración alimentaria se vuelve posible.


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